Conoce los ganadores de la edicion 2025

Título: Canadá en un Plato

Un antropólogo y profesor colombiano, de visita en Canadá, pidió una poutine especial en Le Réconfort. Monsieur Gagnon, el dueño, se la sirvió con toda solemnidad. —Esto —dijo— no es un plato, es Canadá, señalando los ingredientes: —Las papas son los franceses, raíz persistente. El queso que canta es Quebec: rebelde, viva. La salsa, inglesa, no vino a borrar, sino a unir. El colombiano, a la sazón, observaba cómo el queso se fundía sin perderse… —Luego llegaron otros —continuó Gagnon—: la carne judía, las especias latinas, mezclas inevitables… —¡Entonces la poutine es una metáfora! —comentó el profesor. —De la humanidad y la vida. Nadie es puro; todos somos mezcla. El queso, la salsa y las papas se confunden en un nuevo sabor… todo se convierte en un vasto placer. En su boca no solo había comida, sino el sabor de la convivencia: un poema caliente sobre la diversidad.

¿Qué siente una hoja cuando cae?

¿Alguna vez te has preguntado qué siente una hoja cuando cae? Yo era parte de un árbol de maple en Canadá, junto a Sunset beach. De repente, el viento del otoño me desprendió y bailé entre el aire dorado de Vancouver. En mi danza, caí en las manos abiertas de una mujer de Barranquilla, que reía como si atrapara nieve por primera vez. “Eres una hoja exótica, me encanta tu forma y ese color rojo carmesí, jamás había visto una belleza así”, susurró. Me guardó entre las páginas de su libreta, donde el olor a coco y tamarindo se mezclaba con la alegría del sol barranquillero. Pasaron los días. Ella volvió a casa, pero todavía contempla el caer de las hojas cuando sopla la brisa. Hoy me sostiene otra vez, más arrugada, más sabia. No dice nada. Tampoco yo. Solo el viento entiende que algunos viajes no terminan: se transforman.

Cada planta, un universo

Millones de floraciones atrás, desperté en el pantano recubierto de pelusa naranja ante los ojos del viejo mundo. Sin que lo notaran, ofrecí consuelo a venados, alces y humanos. Con las estaciones, mi voz sabia adquirió forma, me dieron nombre. Mi canto de tundra y bosque, de ciénaga y ladera, me transformó en puente. De la tierra extraje conocimiento y lo di a cambio de cuidado. Como parte del trato, se difundió el secreto. En ese andar fui moneda de cambio con los Cree, descubrí las ceremonias de limpieza con los Mi’kmaq y dancé en compañía de los Inuit bajo cielos de espíritus danzantes. Pero la noche siguió persiguiendo al día, hasta que surgió el mundo nuevo. Ese donde pocos saben escuchar. Té de Labrador me dicen, en lenguas con oídos sordos. Si tan solo pudieran comprender su rol, subirían a sus pájaros metálicos y cumplirían el pacto que olvidaron.

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